domingo, 27 de enero de 2008

Il Gattopardo

El gatopardo, de Visconti, comienza, como Ciudadano Kane, mostrándonos una verja, un parque con estatuas y una gran casa, a la que nos aproximamos y, finalmente, entramos. En las dos se habla de un hombre poderoso, de tiempos de turbulencia y decadencia. Pero ahí termina todo el parecido.

Aquí no es de noche; el sol luce radiante en un cielo sin nubes. Tampoco se ha colgado el célebre “No Trespassing” con que comenzaba C.K, ni la cámara acecha entre los huecos de la alambrada, sino que circula libremente por el camino que lleva hasta la casa, mostrándonos las severas estatuas clásicas gastadas por el tiempo, los frutales cercanos, el bosque amable que se extiende hasta la mole inmensa de una gran montaña, y el curso de agua que se adivina a la izquierda por la presencia de árboles de ribera, más altos y esbeltos que el resto.

Al compás de la música de Nino Rota, vamos acercándonos hacia la casa, sin que nada obstaculice la contemplación de la misma ni de sus alrededores. Los balcones están abiertos. El aire agita los visillos, que se mecen como pañuelos blancos que saludaran al visitante.

La cámara llega hasta una de las terrazas del segundo piso y allí se demora un poco, para mostrarnos más tranquilamente la fachada. Un momento de contemplación aún, antes de atisbar entre el encaje de las cortinas, y podremos oír un murmullo de voces que rezan el rosario.

Me gustó muchísimo la manera con que Visconti describe el espacio natural, la topografia, el urbanismo, los interiores, la decoración, el mobiliario, el vestuario… Y que todo sea tan absolutamente verosímil, a base de material original ennoblecido por la pátina del tiempo.

Algunas de las escenas familiares de la casa de Palermo recuerdan a los cuadros de Fortuny, a pesar de que éste vivió unas décadas antes del tiempo en que se desarrolla la acción. El viaje a Donnafugata, la descripción de la hostería, el alojamiento nocturno, la comida al aire libre, el trabajo en los campos, están narrados de manera insuperable. La llegada al pueblo, la topografía y el urbanismo del mismo, el tedeum en la iglesia , el órgano que comienza tocando el "Amami, Alfredo", de Verdi (¡!), la gran casona de recreo, el baño del Príncipe, la cena con los pueblerinos... Y el maravilloso recorrido de dos jóvenes amantes por las estancias desiertas de una zona en desuso, mostrándonos espacios y mobiliarios aún más antiguos, en los que se persiguen, se esconden o se besan. De regreso a Palermo, una de las escenas más conocidas, el gran baile de gala en el palacio de unos aristócratas amigos, los tocadores de señoras y los excusados de los caballeros llenos de bacinillas sin vaciar...

Lo que menos me gustó: las escenas de asalto, con los tiras y aflojas entre garibaldinos y realistas, a pesar de la fotogenia de las cuadrillas revolucionarias, con sus uniformes rojo sangre, y de unos detalles muy estimables, como la participación del personal civil en la toma del pueblo.

La historia que cuenta, ya la conocéis: Las vicisitudes de un aristócrata y su familia en la época de la unificación italiana: el ejército garibaldino, la caída de los Borbones y la llegada de los de Saboya, la aparición de la burguesía enriquecida con los nuevos tiempos. El papel de la Iglesia. Los amores entre un joven oficial (el sobrino del patriarca) y la bella hija de uno de los burgueses, sin modales pero enormemente rico. Y, sobre todo, la vida y el punto de vista de un aristócrata inteligente, arrogante, sensual, tierno y lúcido, que es Fabrizzio di Salina. Como telón de fondo, las luces y sombras de una época convulsa, la oscuridad y la miseria tras el oropel, la corrupción bajo los fracs impolutos y los escotes deslumbrantes, el oportunismo político y económico, la manipulación del pueblo...


La actuación inmensa de Burt Lancaster, que ya merecería un tratado. Importante, este actor, que comenzó en su juventud posando para fotos eróticas de tinte gay, hizó películas de aventuras maravillosas, como "El temible burlón" o "El Halcón y la Flecha", y dio vida a personajes tan profundos como éste que comentamos, o "Confidencias", del mismo Visconti, u otras actuaciones, como el militar amante de Deborah Kerr en "De aquí a la eternidad" (con una de las escenas eróticas más impactantes de su época), o el predicador corrupto de "El fuego y la palabra", con Jean Simmon. La belleza de Claudia Cardinale y Alain Delón (los dos hermosísimos, afirmo, formando una de las parejas juveniles -a medio camino entre la adolescencia y lo adulto- más bellas que yo recuerdo haber visto en el cine), ella siempre tan medida, sensual, cálida y misteriosa; él sin los tics de “duro” que tanto cultivó en sus películas francesas (básicamente tres, fruncir el ceño, sujetar el cigarrillo mientras hablaba y andar rígidamente, cuando aquí tiene una mirada límpida, una sonrisa alegre y unos andares de muchacho que redimen al personaje de la carga oportunista que, indudablemente, tiene).

Os pongo un video de 3:40, con la escena de los títulos de crédito, que es cuando se acerca a la casa. La calidad es mala, porque lo he sacado de una copia que, a su vez, era mala. Pero os podéis hacer una idea de lo bien que describe el espacio este hombre.








En cuanto a lo del rosario… Lo del rosario lo dejo aquí. Pero ya amenazo con que habrá más, y no de la aurora, precisamente.

1 comentario:

Ricardo Hernández dijo...

Pero... ¿por qué escribís tan bien?