domingo, 16 de marzo de 2008

Pavana




Ayer volvimos al coro de la capilla de la Universidad. Se entra por una de las puertas que hay en el corredor superior. Hay que abrirla con una llave de hierro enorme, que parece la llave de un castillo. Pero, eso sí, una vez dentro de la cerradura, gira sin ruido y con una suavidad inesperada.

A mí me encanta eso. Entrar en sitios cuasi-cerrados al público. Contemplar el espacio desde un punto de vista inédito… Tener la sensación, siquiera por un momento, de estar realizando un “descubrimiento”, de estar tocando la esencia íntima de las cosas con la punta de los dedos.

En este caso, se trata de un espacio archivisitado y archiconocido, ya lo sé. Pero a mí me hace ilusión y punto.

Desde arriba, puede apreciarse muy bien la capilla, muy luminosa -a pesar de los crespones rojos que cubren las paredes- gracias a los ventanales de la parte superior. Es un recinto elegante y solemne, de marcado carácter académico, más que religioso; más doctoral que sacro; más propio de togas y birretes que de casullas y solideos.

Otro atractivo añadido es el órgano barroco, encajado en una especie de armario de paneles policromados con motivos bastante alegres, casi cortesanos… Está situado en una de las esquinas del coro, de forma que el organista queda como escondido, y además de espaldas al altar.

La organista de ayer tocó dos temas, con virtuosismo profesional, para acompañar al rito que se estaba celebrando abajo: una de las más célebre marchas triunfales, y un alegre tema de Handel. En el medio, sonaron cuatro o cinco obras de polifonía religiosa de diversa procedencia: renacentistas, barrocas, incluso un espiritual negro muy blanqueado por arreglistas occidentales…



Y, como colofón, terminada la ceremonia, bajamos a despedir a los novios y, desde las hermosas escaleras, les obsequiamos con una canción muy tierna, que probablemente ya cantaron algunos de los estudiantes que pulularon por allí en el siglo XVI:

Amor que me cautivas” (“Belle qui tiens ma vie”):

…Amor que me cautivas / con tu dulce mirar / tus plantas bendecidas / voy rendido a adorar/ Si tu amor no me das / ya muerto me verás...

...Ven a mí bella rosa/ ven a mí corazón/ no seas desdeñosa/ no turbes mi razón/ Dejaré de penar/ si me quieres besar…

...Antes verás cansadas / las olas de la mar / las noches estrelladas /su brillo declinar /que de mi corazón/ se apague la pasión...


Os dejo una versión de “The John Rembourn Group”, que marca bastante el ritmo lento de la pavana… En nuestro caso, el ritmo es un poquillo más rápido, y el acento más dulce.




Dejamos allí a los novios y a los invitados con sus cosas. Los veremos en breve, cuando vuelvan de su viaje y nos reunamos con ellos, para festejarlo más a nuestro aire. Pero nosotros ayer también teníamos que celebrar algo: un homenaje. Una comida alegre y triste, a la vez, para despedir a nuestra directora y eventual teclista, una mujer importante en su campo, pese a su juventud, que tiene que dejarnos para seguir su imparable carrera musical. Hubo canciones, risas y algunas lágrimas (las suyas, las de E., fueron las más emocionantes). Adiós a una etapa. Buen comienzo para la siguiente. ¡Muchos besos y mucha suerte! Al final, siempre quedarán la amistad y la música.

:)

1 comentario:

Ricardo Colomer dijo...

Si no fuera por tí, estas músicas ni olerlas. Voy entrando, voy entrando