jueves, 15 de julio de 2010

Como pompas de jabón



Le hice una seña desde lejos, pidiéndole permiso para hacer la foto, y ella asintió con la cabeza. “¿Es digital”, me preguntó con una voz parecida a la de niña que quizá aún sea. “Sí”. “¿Pues por qué no me mandas una foto? Mucha gente me hace fotos pero nadie me las manda”. “Sí, si me das tu correo”. Como por arte de magia, apareció entre sus manos un folio perfectamente doblado en dieciseisavos. Escribió una dirección de gmail en la parte superior, cortó cuidadosamente el trozo de papel donde había escrito y me lo entregó. “Mira, mi e-mail empieza por Argos, el nombre de mi perro. Ése es mi perro”, dijo, señalando el lugar donde dormitaban no uno, sino dos perros atados entre sí por un cordel. “¿Argos, como en la Odisea?”. “Sí. Argos”. No pude por menos de fijarme en el manojo de llaves que le colgaba del costado derecho, entre ellas las de un antiguo coche –las llaves de los coches ya no son así- o tal vez de una caravana.

Ahora, que voy a mandarle las fotos, veo su letra armoniosa, sencilla y elegante. Se nota un nivel de instrucción al menos de tipo medio. Su cuerpecillo delgado, su aspecto en general, indican que su vida no es regalada y que no está precisamente de vacaciones. Me pregunto por dónde andará. Quién sabe, vidita, por dónde andará, decía Yupanqui.

Es fácil pensar también en Machado, después de haberla visto a ella casi engullida por una de sus pompas de jabón. "... Todo en la memoria se perdía / como una pompa de jabón al viento".

Me alcanza una sombra de pesar, que alejo recurriendo de nuevo a nuestro poeta. Nunca sabemos nuestro camino antes de recorrerlo. Para qué llamar caminos a los surcos del azar.

Vade retro, paternalismo -maternalismo, más bien- bienintencionado. ¿A qué viene desear para esa desconocida una vida distinta? ¿Quién me dice a mí que en un entorno más convencional iba a ser más feliz o iba a estar más segura esa muchachita? Bien sé yo que el mundo ordenado en el que nos movemos es una pura apariencia.

Pero me quedo con un dato: Las llaves de su vehículo las controla ella. Confío en que controle también las claves de su vida caminante. Y que alguna vez, como aquel otro dueño de un perro llamado Argos, encuentre su casa. La suya, no la de otros ni la que otros prepararon para ella.