No es que yo sea una
rousseaoniana irredenta. No. Sé la tela que corto y el suelo que piso. Pero flipo con el nivel de ensoberbecimiento y estupidez que puede llegar a alcanzar el Mandarín de turno, y con el grado de servilismo, en los límites del envilecimiento, de algunos de los que le rodean.
Los pelotas profesionales no cuentan, ni los trepas, que ya sabemos que alrededor de un poderoso, por mínimo que sea su poder, siempre hay una Corte de los Milagros dispuesta a todo, a mayor gloria del Mandarín y en legítimo beneficio de los pelotudos.
Tampoco cuenta, o cuenta poco, esa mayoría que se vuelve muda, sorda o ciega, según y cómo. ¿Qué culpa tienen ellos, pobrecitos, de estar mirando para otro lado justo en el momento en que dicen que cuentan que pasó no sé qué? ¿O de estar tan abstraídos en el trabajo que ni se enteraron de aquello que dicen que se dijo pero que no les consta? Y, claro, no constándoles, seamos serios, ¿cómo pueden alzar su voz en contra?
Lo que hoy me cuenta es que haya tantos que cultiven el correveidilismo y hasta la delación y la calumnia, por puro deporte. Con eso, no es que flipe, es que me quedo patidifusa.
He aquí a un hombre culto, afable, simpático y dispuesto siempre a ayudar, llamado
A, compañero y amigo de otro hombre, llamado
B, que pertenece a la misma organización pero a un área profesional distinta, por lo que no compiten entre sí.
A toma café asiduamente con
C, jefe de ambos y mandarín rín rín. ¿Qué razones tiene
A para irle cotorreando a
C todo lo que
B ha dicho sobre él?
Allí tenemos a
E, una mujer inteligente y preparada, con un futuro prometedor, que mantiene relaciones de amistad con una de sus subordinadas,
F. En una de sus conversaciones,
F. le confiesa a
E que se siente algo discriminada por una decisión que ha tomado
C, pero que prefiere no protestar porque espera que éste cambie pronto de opinión, como suele suceder. ¿Qué motivos tiene
E para “dejar caer” esa confidencia en una reunión presidida por
C, de modo que el mandarín, dios viviente donde los haya, monta en cólera y se la jura a la pobre
F para una buena temporada?
¿Qué ganan y qué pierden A y E en esa transmisión de información, aparentemente inútil para ellos?, me pregunto. ¿Es un reflejo condicionado, porque otra gente ha hecho con ellos lo mismo y ya se han acostumbrado, o lo hacen por otros motivos? Cuestión filosófica o cuestión científica -simple balance de materia y energía-, ahí la dejo, por si alguien tiene la respuesta.
En fin, que yo no soy A, ni B, ni E ni F. Soy una
X que pulula por ahí, procurando moverme por mi propio impulso, sin quedar atrapada en el orden alfabético que los atrapa a ellos. Pero eso no obsta para que –franchute que me siento hoy- reniegue del “
buen salvajismo” del Jean-Jacques Rousseau y me sienta más cerca, aunque sólo sea por el título, de “
La Náusea” de su semi-tocayo, Jean-Paul Sartre.
Y, para no dejar las cosas con ese sabor frío, pedante y gabachero, termino con el
cuento que tanto me gustaba, ése de un niño clarividente e insobornable, que le gritó a un Mandarín, y de paso a toda la Corte aduladora y comulgante con ruedas de molino: “
¡Majestad, estáis desnudo y con el culo al aire!”
Para los que se hayan perdido, aquí dejo un esquema del trasiego informativo:
B --> A -->C
F-->E--> C
C = el Mandarín Rin Rin de Sable y Cornetín.
A, E = los correveidiles
B, F = los paganos