domingo, 9 de agosto de 2009

Puerto




Confieso que me gustan estos días medio grises. Bahía de Santander. Goleta y grúa de piedra.


Foto: Propia. Nikon Coolpix p6000. 12.3 mm. F/6.5. v 1/434s. ISO 64

miércoles, 22 de julio de 2009

París



París. El pequeño hotel frente al Louvre fue todo un acierto: habitación amplia y luminosa con balcones hacia el Palais Royal, a un paso de todo. Un espacio agradable al que era posible acercarse casi en cualquier momento para reponer fuerzas antes de salir nuevamente a la calle. Un lugar que facilitaba el descanso, el juego y el encuentro a la luz de la tarde.

Torre Eiffel, Notre Dame (mogollón de escalones y la aviación surcando el cielo por el Desfile del 14 de julio), Arco del Triunfo, Sacre Coeur (funicular), Palais d’Orsay, Saint Chapelle, Cluny, el péndulo de Foucault, Sena, quais, jardines, boulevards. La ciudad trazada por el Barón Haussmann.

Y Louvre, Louvre, Louvre, al que fuimos varias veces y cuyos patios cruzábamos a menudo para ir a otros sitios. El Louvre no es el Prado ni el Museo Británico, pero es El Louvre y están la Gioconda y la Venus de Milo. Lástima que tuvieran cerradas las salas dedicadas al Egipto-Copto. ¿Será que hay que volver de nuevo a El Cairo? Tampoco encontré a Artemisia Gentileschi, aunque sí a su padre, Orozio.

Me quedo con tres recuerdos: La terraza de la calle Mouffetard, en el Barrio Latino. Los tapices de la Dama y el Unicornio en Cluny. La hora mágica de las tardes de hotel, fénix muriendo y renaciendo en el tiempo suspendido, petit morte antigua y misteriosa, siempre nueva.

Fotografía: Propia. (París, 15 julio 2009. 21:43 horas. Coolpix P6000. F/3.5. v 1/66.2s).

domingo, 28 de junio de 2009

Momentos para ser feliz






Cuando los ríos son de color rosa al sol poniente,
y un tibio escalofrío recorre los campos de trigo,
el consejo de ser feliz parece salir de las cosas
y subir hasta el corazón turbado.

Un consejo de gustar del encanto de estar en el mundo,
mientras que se es joven y la tarde es bella,
porque nos iremos como se va esta onda,
ella al mar, nosotros a la tumba.



Dejarse flotar en las sensaciones de lo que te rodea, respirando acompasadamente hasta perderte tras la luz rojiza que vislumbras a través de los párpados cerrados, sintiendo los olores de las cosas, sus sonidos, la tibieza del aire que roza las mejillas, quiza la de un cuerpo tendido junto al tuyo. Eso me recuerda el cuadro de Leighton.

La música se parece a otra, sin notas, que me nace a veces, no siempre, cuando algo muy intenso me invade los sentidos, el tacto, el olor, el color, el calor, la luz o el sonido de un paisaje, de una obra, de un cuerpo. El pequeño reducto, el latido cuando la mente se abandona y se deja ir, disfrutando del momento.


El cuadro se titula “Sol ardiente de junio”, de Frederick Leighton. La canción se llama “Beau soir”, de Claude Debussy, con letra de Paul Bourget. La voz es la de Elly Ameling.

La asociación de esta pintura con esta música la hizo Fernando Palacios, en su programa radiofónico “Musica sobre la Marcha”, que sigo cada vez que puedo. Un cuadro, un poema, una melodía, una voz...

“Música sobre la Marcha”. 15:00 horas. Radio 1 y Radio Clásica de Radio Nacional. Para los que no podáis seguirlo en directo, encontraréis podcast aquí: http://www.rtve.es/podcast/SMUSOBM.xml.

jueves, 11 de junio de 2009

Lectora distraída



Así se llama este cuadro de Matisse, "Lectora distraída". Nosotros lo titulamos "El extraño caso de la lectora distraída", como si de una novela de Stanley Gardner se tratara.

Me encantó el nombre, tal vez porque define algo de lo que es mi situación últimamente, que apenas estoy leyendo nada que no sea estrictamente profesional -de eso, leo mucho- y algo -poco- de poesía. Recuperaré en verano, supongo. Ahora es tiempo de andar por ahí, de mirar, de charlar, de fotografiar...

Ayer estuve en Madrid e hice doblete: Por la mañana, la exposición de Sorolla en el Prado y por la tarde la de Matisse en el Thyssen. En el medio, cañas, tapas y canapes en "La Dolores", detrás del Ritz.

Antes he estado unos días por el Sur, correteando por Cádiz y provincia, recorriendo las calles, reptando por campanarios, paseando las playas de arena, escalando las callejuelas de Vergel, Arcos, Medina, Olvera, o cruzando las sierras de Grazalema. Queda el propósito de volver a Vergel y pasar unas semanas en una de sus maravillosas casas blancas con patio lleno de flores, algún año de estos. Y de ir a Grazalema con más tiempo, para poder adentrarnos en el Parque Natural y hacer alguna marcha; eso será más pronto, espero.

¡Y qué buen pescaíto, señores! Sin desmerecer de carnes, guisos, postres, dulces... De todo he dado buena cuenta. Excepto de los caracoles, con esos sí que no he podido. Menos mal que luego lo quemo todo (o casi todo, espero), porque, si no, aviados estábamos.

jueves, 28 de mayo de 2009

Mayo: Cáceres




Y luego Cáceres y una escapada de apenas media hora por el Barrio Antiguo. Me sorprendió esta casa, extramuros de la ciudad, cercana al Arco del Cristo. No recuerdo haberla visto antes. Me gustó la fachada blanca, la línea del tejado, las chimeneas, el contraste con la tapia vecina y las almenas que asoman tras el lienzo de mampostería.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Mayo: Gredos



La "Chorrera del Lanchón". El agua de nieve se despeña potente desde la mole granítica situada en lo alto. Más arriba aún, está la cumbre blanca. Y veinte personas de diversas edades hicieron bueno aquel dicho: "lo mejor, la compañía" (y algunas tortillas, añado).

En el camino, vegetación de todo tipo, sobre todo, robles. El agua discurre paralela a la senda, frecuentemente inundándola. A ratos, para no mojarnos, hay que botar de piedra en piedra en las zonas más rocosas y hasta dar buenos saltos en las más blandas, cuando el arroyo se hunde en la tierra de los prados y se hace más ancho y profundo. Me encanta poder hacerlo: no olvido aquella temporada de bastón, tras la rotura de una rodilla y las secuelas del "tratamiento" de un traumatólogo desidioso.



Tras el esfuerzo, el descanso en esta especie de "playa" granítica, de grandes piedras planas, mucho más extensas de lo que aparecen en la foto. Por una de esas superficies, como por un espejo, se deslizaba mansamente el agua de la sierra. El sonido, la luz, el olor, el calor de la piedra tibia en mi espalda...


(Recomendación: observar las figurillas humanas, en la parte inferior derecha de la primera foto, para ver las proporciones de la sierra).

martes, 26 de mayo de 2009

Mayo: Montes Torozos

Antes de que termine el mes, anoto en mi bitacora tres escapadas:



La foto está tomada en Peñaflor de Armijo, el Puente de Mayo. Cuatro días, ocho amigos y un territorio que recorrer: el de los Montes Torozos. Páramos, llanuras inmensas, castillos, iglesias de todo tipo (las mozárabes de Wamba y San Cebrián, lo mejor), calles porticadas, pequeños cafés con dulces exquisitos, libros, buenísima carne castellana, vinos de Toro y de Ribera, y la convivencia en una casa rural con amigos muy cercanos, aunque distantes geográficamente la mayor parte del año.



A destacar, el trayecto en barcaza de paletas aguas arriba del Canal de Castilla, desde Medina hasta la primera esclusa. He conducido muchas veces paralela al Canal, yendo y viniendo de Cantabria, y siempre he deseado navegar por alli o, por lo menos, pasear por el camino de sirga que hay en las orillas. Ha sido un recorrido corto, pero todo es empezar, porque pienso volver.

Una grata sorpresa fue el señor que surgió de las sombras en la iglesia de Wamba y se ofreció a enseñárnosla. Resultó ser un cura cultísimo, profesor de arte en la U. de Valladolid, que tenía llaves de todo y nos lo enseñó de cabo a rabo. Aunque he de decir que me cogió desprevenida cuando abrió una de las puertas y nos introdujo en un osario impresionante. Al principio me pareció normal estar allí rodeada de cráneos, húmeros y fémures perfectamente ordenados. Pero a la segunda foto, que los miré más detenidamente por el visor de la cámara, reconozco que empecé a sentirme bastante intimidada y hasta mareada. Concha, exagerada como buena cacereña, aseguró que ella no sólo les había visto los huesos, sino las caras, los ojos, las bocas... Menos mal que lo dijo cuando ya habíamos salido, que, si no, echo allí la primera papilla.


Y un susto: el que me dí cuando vi que había olvidado el bolso en un lugar ignorado, probablemente en una colegiata que acabábamos de visitar y que ya estaba cerrada. Hubo que buscar al encargado para que nos abriera la puerta y, menos mal, estaba allí. No hubiera sido tanto disgusto, si no fuera porque yo tenía uno de mis "brotes de despiste" y estaba desesperada. Unos tienen alergia, otros reúma, yo tengo despistes por temporada. El de esa semana fue especialmente virulento: Perdí el móvil, las llaves del coche, los billetes usados de un viaje que había hecho por motivo laborales y que tenía que presentar para el reembolso y varias cosas más que ahora no recuerdo. Normalmente, encuentro todo lo perdido, porque no son pérdidas reales sino que olvido dónde he puesto las cosas y tengo que empezar a reconstruir todos mis actos, en plan detectivesco, para encontrarlas. Es de lo más fatigoso. Sé que no es un principio de alzheimer, porque lo sufro desde que tenía diez o doce años: aún recuerdo aquella vez que perdí los platos cuando los llevaba de la cocina al salón para poner la mesa. Afortunadamente, los olvidos y despistes no afectan al ámbito profesional, sólo al doméstico o al privado.
:)